jueves, noviembre 12, 2009

Día Nacional del Libro en un país de muchos lectores, aunque no sea de libros

Pintura: Fernando Botero

En nuestro país se celebra hoy el “Día Nacional del Libro,” y como para toda ocasión de festejo siempre hay un cursi, soy de los que no se esperan las grandes celebraciones pero quizá dedicaré media tarde a caminar por las cada vez más escasas librerías de la capital veracruzana y comprar algo. No regalos, no tarjetas, no mensajes de felicitación para los que leen libros, no tertulias y esos detalles. El día del amor y la mistad se tiene que celebrar al menos con un beso; el de “el libro” pues será con eso: con libros.

Pero independiente de la compra de un ejemplar de hojas amarillentas o uno muy nuevecito que aún esté dentro de su camisa plástica, lo importante es no andar con las manos vacías porque a uno le comienza a entrar la cosquilla de la fatalidad. “Y si una punta de locos secuestra el camión en el que viajo, ¿en qué gastaré el cautiverio?” y esos atrevimientos cruzan la mente de quienes no vamos a la vida con las herramientas del futuro y dejamos que una parte del mundo o mejor dicho, que un fragmento de una visión del mundo se compagine en unos cuantos folios.

Hoy no se trata de felicitar a nadie. Contra la miopía que a veces contagia la academia, uno anda por las banquetas con la defensa de que el leer libros nos hace mejores. No lo sé. A veces pienso que es mucha soberbia, Carlos Salinas de Gortari es un lector apasionado y para la conseja popular no es el mejor de los hombres en la memoria de los mexicanos. Hay gente muy buena que en su vida nunca ha vuelto a abrir un libro y no por ello dejan de ser tratables; hay quienes los consumen a pasto y su compañía es chocante, insoportable.

A veces he pasado horas enteras con personas que no leen libros y sus pláticas son muy interesantes y aleccionadoras porque se trata de músicos o de técnicos. Pero, ¿si los libros no lo son todo en la vida, entonces para qué carajo lee uno? ¿Para obtener un vocabulario preciso y correcto? Los mejores albures y chistes, incluso mal sanos, se los he escuchado a grandes lectores de libros, que van desde académicos, colegas escritores y alguno que otro sobreviviente de las huestes seminaristas y que se decantó, al fin, por el periodismo. No, lo libros no sirven para hablar “bonito.”

Uno, cuando puede, husmea en las casas ajenas los escritorios de los amigos y sus bibliotecas, si las tienen. ¿Qué lee fulano que habla maravillas de tal gobernante o uno se pregunta qué leerá? Pero hay casas donde los libros son escasos. En lugar de libreros hay estantes llenos de películas, originales y piratas están formaditos y cuidados cual si fuera el mejor tesoro de la casa. En otras ocasiones a las películas las sustituyen los discos y en efecto, no falta el miserable que tiene el disco de jazz del año del caldo que el exquisito lector de libros ha buscado durante años. ¿Y por esa razón, los que no tienen libros o tienen muy pocos, son tontos, mezquinos, ignorantes, bobalicones?

Hay para todos los gustos y en esta tierra necesitamos de todas las voces, de todas las opiniones. Cuando me topo con un lector de libros con el que coincido, es apabullante darse cuenta de ambos hemos acudido al mismo libro, pero se han leído muy diferentes historias. Allí donde uno imaginó a la Teresa de La insoportable levedad del ser con los pechos pequeños y el cabello al hombro, la otra persona la hizo un poco rechoncha y con las mejillas rojas, a punto de explotarle. Claro, sucede en la literatura; porque en la ciencia, sería gravoso que cada cirujano interpretara su propia versión de la anatomía humana.

Libros que no son los escudos plásticos que utilizan los policías dispuestos a desmadrar a los mítines. Libros más bien como tapetes o alfombras mágicas, sobre los que uno puede echarse para emprender un viaje entretenido o aleccionador. Hace poco leía, en la red, un ensayo escrito por Camilo José Cela y reí mucho porque el viejo discurría sobre la utilidad de la novela y decía que no hay cosa más inútil y burguesa, más hecha para rendir culto al ocio, que la novela. Hay ideas que no pueden negarse hasta dar con lo contrario.

Hay libros que cambian la vida y otros que la hacen muy aburrida. Lamentablemente, la mayoría de los profesores dedicados a la lengua y la literatura suelen recomendar los segundos. En lugar de animar, amilanan. “Hoy les llegó la hora de leer” dicen ellos. Como si leer un libro fuera como fumarse medio kilo de mariguana a las entradas del Palacio Nacional, o como si terminar una selección de las 100 mejores poesías de amor equivaliera a orinarse en un mural de Diego Rivera o como si leer un libro de dietas significara arrojar un petardo a la capilla Sixtina.

En nuestro país se lee y mucho. Es otra cosa que en lugar de libros nos divierta más leer los mensajes en las puertas y paredes de los baños públicos, en las ventanas o asientos del transporte público, en las redes cibernéticas (el “feisbuc” me maravilla, es como si regresáramos al tiempo de imperio romano, en Roma: escribe en el muro de tu vecino si lo amas o lo odias… una costumbre latina que no hemos perdido y que ahora, para ser modernos, trasladamos a la red).

Sí, leemos y mucho. Pero a pocos mexicanos les gustan los libros. No creo, me incomoda pensar rápido y escribir que no lo hacemos porque somos un pueblo de huevones, de ignorantes, de atrasados, de “indios ladinos,” de pillos, de jijueputas… Todo lo que quieran decir los profesores que también odian los libros. Quedo con una idea que en alguna entrevista memorable le hice al entrañable maestro universitario Mario Muñoz. Delante de una buena taza de café, me dijo: “Yo creo que no leemos libros porque tuvimos Inquisición y nos los prohibía, quizá es un mal añejo que no nos atrevemos a ver.”

lunes, noviembre 09, 2009

Dinero. Lo que dicen para salir del paso o porque de verdad lo creen…

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Según la conseja popular: “Donde se llora, ahí está el muerto.” Pero sucede como en los primeros testimonios donde se narra el infortunio de los atropellados...

Jorge Duarte, en Orizaba, a sazón del presupuesto 2010 para Veracruz: “Ya es hora del postre para recibir todo el recurso para la infraestructura, para desarrollar, para promover las plazas de inversión, para generar las fuentes de empleo, para las plazas de ocupación que requieren los trabajadores.” ¿Habrá mucho dinero y todos seremos felices? La crisis mundial no llega a Veracruz, se pasó como burro por su casa, por delante.

Pero el diputado panista Federico Salomón Molina no lo ve con los mismos binoculares. Cuando le preguntaron si le gustaría ser presidente municipal hizo cara de circunstancia y dijo que para heredar deudas, mejor se quedaba en su casa. “Sabemos que hay ayuntamientos que están en banca rota por tantos compromisos financieros que han adquirido los alcaldes en turno… hay comunas que están prácticamente en quiebra financiera” y agregó que los alcaldes, no conformes con ello, siguen de pedinches.

No todos piensan lo mismo. El profesor Fernando González Arroyo, a quien le vaticinan el triunfo para que despache como presidente municipal de Martínez de la Torre dice que está muy a gustito como diputado: “Yo no me voy, yo estoy bien aquí en el Congreso y espero terminar la gestión de 3 años para que fui electo.” Al diputado se le olvida que a veces le da por la desmemoria: “Ah, el Agrocentro se vendió” ¿y ahora le van a creer que le agarró harto cariño a la curul?

Hay suficientes motivos para querer mucho el desempeño legislativo en la actual LXI Legislatura. ¿Qué empleado afirma que se va antes de cobrar el aguinaldo? 58 mil por el sueldo mensual, 100 mil de aguinaldo y un ahorro de 240 mil anuales… pues como que sí alcanza para comprar la camionetota y hasta pagar los estados de cuentas bancarios.

Pero quién los entiende, Américo Zúñiga, secretario del Trabajo y Previsión Social dice que el entrante 2010 no será tan sencillo. Ya pidió a los empresarios que no se adelanten con asuntos de despidos laborales. “Estamos haciendo llamados a los empresarios, a los trabajadores para que seamos solidarios con el estado de Veracruz, lo que debemos preservar, además de la calma es el fomento al empleo, debido a que de esa forma es como tendremos crecimiento”. Si Américo no conoce los versos de Pessoa, le dio al clavo: “No tienen prisa el sol y la luna y salen todos los días.

Depende mucho la comodidad de la silla y la panorámica. Mientras que para Américo Zúñiga se trata de guardar la calma, para Juan Carlos Stivallet, presidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo, hay variantes. “La mayoría de las microempresas están atendidas por familiares y generalmente son personas mayores de 40 años, que no tienen derecho a jubilación u otro tipo de prestaciones. El gran problema será que debido a su edad, al no tener una fuente laboral, difícilmente se podrán incorporar otra vez al sector productivo. Son personas que no podrán encontrar fácilmente otro empleo” y ni llorar es bueno. En la zona de Xalapa peligran 300 microempresas. ¿Y en español se dirá “microempresa” a la tienda de barrio, a la tortillería, al expendio de verduras o a los Oxos y demás garitos?

¿Hay, hubo o habrá dinero? Si los funcionarios que están al frente y saben cómo marcha el negocio no quieren mancharse las mangas, pues menos permitirán que de sus bocas salga una declaración que pudiera hacer enfadar al jefe. Por ejemplo, hay sesenta ayuntamientos que están en fila de espera para que el Congreso del Estado les autorice solicitudes de préstamo. En un idioma menos rebuscado, a eso se le llama deuda. Pero los representantes populares, que son un muestrario de lo que en verdad es el pueblo, se echan la bolita. “No hay dinero por culpa de la federación” dicen los priístas y los de Acción Nacional contestan: “El gobernador se lo gastó en las campañas.”

Pero si de lo que se trata es de ser ahorrativos y no despilfarrar los centavos. Ahora no falta servidor, candidato o pregonero que no repita la palabra “republicano.” Todo debe ser bajo un concepto “republicano”: el informe del gobernador, las campañas políticas, los gastos en las dependencias, el pago de las cuentas de teléfonos celulares y hasta el papel para limpiarse la cola. Resulta que después de muchos años se acordaron de una de las secuelas juaristas, que fue la defensa y consolidación de México como una república. ¿O querrá decir que republicano es “sin lujos”?

Cualquiera que conozca la anécdota escatológica del escritor español Camilo José Cela, sabrá que es mejor andarse con métodos republicanos, sobre todo cuando se trata de zonas a las que es mejor tratar sin muchas sofisticaciones. Al viejo le divertía contar que mientras sufría los escalofríos de una fiebre, su mujer envió a buscar al médico. Tras la auscultación, el galeno recetó medicamentos y como un paliativo que haría bajar muy rápido a las temblorinas, también recetó supositorios.

Quien al final de sus días fuera el orgulloso marqués de Iria Flavia, relataba que durante aquella fiebre, la temblorina lo hizo bajar la guardia. Pidió un supositorio a la esposa y él mismo lo colocó en el lugar indicado. Acto seguido, se quejaba: “Mujer, que esto me rasca, que me rasca.” Y luego de muchas quejas, Camilo José Cela, el premio Nóbel, relataba que sí, le rascaba mucho porque a él nadie le dijo antes aquellas sabias palabras que le había reiterado su mujer: “Pero Camilo José, pues sí que 'rasca', a estas cosas hay que quitarles el papel de estaño.”

jueves, octubre 29, 2009

La inutilidad de los desfiles cundo el agua fresca no llega a los marchantes

Imagen del google

Cuando pase la euforia gastronómica que provoca la fiesta de Todos los Santos o Los fieles difuntos o simplemente Los muertos, en las escuelas secundarias y de bachilleres comienza el calvario porque se debe preparar el desfile deportivo, cívico y militar del 20 de noviembre. Todo un acontecimiento, toda una proeza del pueblo mexicano que para no olvidar sus vergüenzas nacionales: hace desfiles.

Y no es por fortuna sino por las críticas y por lo sucedido, que en la Secretaría de Educación de Veracruz se comienza a tomar en cuenta la integridad física y moral de los alumnos que acuden a los horrendos desfiles con motivo de algún día patriotero. Parece que al lugar encabezado por el doctor Víctor Arredondo Álvarez ya les comenzó a preocupar eso de los jóvenes desmayados, insolados, deshidratados y hambrientos, que es un saldo común en los actos convocados por el gobierno y a los que los alumnos van de relleno.

Que las autoridades de Educación de Veracruz estudian si la muchachada de las escuelas secundarias se librará de asistir a los desfiles. Y como diría el sabio Pancho el Mión, un enano de feria que se dedicaba a eso, a orinar frente al público hasta llenar una cubeta de tres litros: ¿Y a qué chingaos van? Pues los alumnos ni saben, pero sus maestros tampoco y los que están de autoridades, pues menos. Se va a los desfiles porque se trata de un día festivo, es decir, de un día en que no hay clases y chance hasta “ley seca.”

El secretario Arredondo se puso muy tierno y ya no quiere exponer a los niños. ¿Es amor de protector o no les va a aquedar de otra que prohibir que los alumnos se utilicen como carne de cañón para que los políticos estatales se las den de grandes apoyadores? En lo que va del año ya se han registrado casos de adolescentes desmayados, insolados y deshidratados. Lo bueno que en Veracruz los niños no se tocan. Pero es otro cuento.

Todos los que asistimos a escuelas públicas recordamos con ninguna simpatía a la madre de los señores gobernadores a quienes nos tocó pasar a darle nuestras más distinguidas consideraciones durante un desfile cívico militar. No era cuestión de saludar de mano al gobernador sino de hacer un gesto marcial que en adolescentes granosos y hartos de autoridad se veía más bien como un remedo ridículo.

Nos formaban con la respectiva toma de “distancias” y al “derecho, izquierdo” marchábamos tratando de sostener un mismo paso y que el profesor de educación física no descubriera que hacíamos trampa. “Uno, dos” gritaban las chicas a quien el consenso popular señalaba como las más buenas de la escuela, mientras sus falditas rabonas y sus boinas de comandantas las hacían ver más ridículas.

Pero ellas se sentían y se percibían soñadas y a cada paso, que ellas transformaban en un brinquito de gansa, dejaban ver la mitad de sus nalgas. “Uno, dos” silbatazo, “uno, dos.” Es una broma del destino lo que voy a escribir pero no, lo pienso mejor y me percato que se trata de selección natural o de los prejuicios de los profesores. Todas las comandantas que enseñaban media nalga a cada brinco: eran güeritas, un poco rechonchas y tenían caras de pequeños devoradores de productos Gerber pero salpicadas con granos. Comandantas grotescas que creíamos bien buenas.

Los desfiles servían, claro que sí, puedo jurarlo. Uno perdía clases al por mayor gracias o por culpa de los ensayos. No eran unas cuantas horas las que se invertían sino varios días y lo más difícil, así era, es cierto: lograr el saludo al gobernador del Estado, que invariablemente estaría en el palco central de palacio de gobierno, platicando con algún funcionario mientras los adolescentes le rendían caravanas por ser día de la Independencia, de la Revolución Mexicana y de la batalla del 5 de mayo.

Caravanas al gobernador porque a mediados de septiembre de 1810, al cura Hidalgo se le había ocurrido no irse al bote. Cuando uno de los contingentes de muchachos y muchachas se aproximaba a la zona del balcón central, un profesor con alma de milico soplaba un silbato y a la de una, dos y tres… Los muchachitos se erguían, juntaban sus manos y daban quince pasos marciales mientras retorcían el pescuezo para apenas atisbar hacia arriba, donde el gobernador seguramente se platicaba chistes verdes con los funcionarios en turno.

Luego hacerle caras bonitas y saludos marciales al gobernador porque el orejón de Nachito Zaragoza dijo que él y los poblanos atrincherados se podían aventar la escabechina de los soldados del ejército invasor. Bien cubiertas de gloria las armas nacionales y al poco tiempo, enterado don Napo, Napoleón III, no el líder de los mineros, pues que les manda y la cargada y luego de hacer correr a la chinacada, que llega el güero Maximiliano a fundar el segundo imperio.

También al gobernador le hacíamos los honores por culpa de la publicación del libro de Panchito “Indalecio” Madero y el desmadre que se vino después y al que le llamamos todavía Revolución Mexicana. Pero son días festivos, hay desfiles y a don Víctor Arredondo no le gustaría que un grupo de padres de familia, más abusados que abusivos, se pusieran de acuerdo para establecer una queja con Derechos Humanos y que entonces, de repente, todos nos demos cuenta de que los chicos y las chicas, con granos en la cara o con brinquitos de gansa, tienen derecho a no ser utilizados para saludar al gobernador y perder clases.

martes, octubre 27, 2009

La montaña es la misma, pero el paisaje se transforma según la mirada

Foto: Bethania

Los franceses huelen a cebolla. Los españoles disimulan el tufo de ajo porque traen un habano cosido a la boca. Las mujeres más frías son las inglesas; las italianas, las más hermosas. Los australianos se la viven en la playa y todos los gringos beben coca cola y comen hamburguesas. Los mexicanos andamos de sombrero de palma, enrollados en un sarape y somos bien güevones.

Sin duda esas frases son parte del espejismo al que solemos llamar lugar común. A veces la imagen es totalitaria y se transforma en “imaginario,” que sirve como una etiqueta de identificación social y a partir de ella se construyen las chanzas o los chistes racistas o poblacionales. En nuestros chistes ladinos, todos los gallegos son brutos y no hay poder humano que lo revierta. Pero en el fondo se trata de una simplificación cultural que mucho tiene que ver con la difusión de ciertas estampas a las que a veces se nominan como nacionales o del folclor.

Pero cuando se comienza a hablar en serio, desde afuera, y con cifras y datos, también se causan algunos desaguisados. Ocurre como en el cuento malsano donde un pequeño se arrima al padre para decirle que sus vecinos son muy, pero muy pobres. El progenitor lo cuestiona y el niño responde: “Es que hace rato, su hijo más pequeño se tragó un veinte, y los papás hicieron un escándalo.” La malicia del cuento está en el humor negro. Aunque no todo adquiere esa forma...

En la página 6 de la sección internacional de la edición impresa del periódico El País, de ayer, hay una columna que seguramente llamó la atención de los lectores mexicanos y que de paso nos hizo la mañana pesada, un tanto agridulce: México, no; Brasil, sí. El texto lo firma Moisés Naím y en su entrega, ofrece un balance de comparación entre los dos países más poblados y grandes de Latinoamérica. En su texto, un país gana y el otro pierde.

No se trata de un balance de infamia patriotera, a menos que los ultranacionalistas sientan el gusano de la carcoma. Naím explica sus razones por las que México ha pasado a un segundo plano en el debate de las economías mundiales, cuando hace apenas diez años era el país latinoamericano que merecía no sólo la mención sino la atención. “Ahora, Brasil es la esperanza y México, la desazón. La percepción es que mientras Brasil despega, México está empantanado.”

La medición es a través del crecimiento económico. En 2008, según Naím, México crece un 1% y Brasil alcanza el 5%. Las cifras pueden ser muy duras y nuestra economía la número once en el orden mundial, eso puede ser inalterable hasta que un cambio demuestre lo contrario. Los datos que se ofrecen son en términos de medición y no un reflejo de toda la población. En otro párrafo se lee: “...Brasil se está convirtiendo en una potencia petrolera mundial, mientras que una combinación suicida de restricciones legales, políticos irresponsables y sindicatos corruptos impiden que México desarrolle su enorme potencial.”

Los lectores podemos guiñar con la afirmación de Naím, sobre todo, si nos atrevemos a hacer ligeras variaciones en el texto, y donde se lee: “políticos irresponsables y sindicatos corruptos”, nosotros podemos sugerir la otra combinación: “políticos corruptos y sindicatos irresponsables” y estar o no de acuerdo con la percepción de un observador global. Pero a veces la cifra se desapega de los contextos sociales y sobre todo, de la opinión que merecen expresar los que viven en el centro de los desastres.

Sólo voy a mencionar uno de los varios achaques que Naím atribuye al estancamiento de México y a tratar de condensar lo que no dice. Él apunta que estábamos en la mira, en la flor del desarrollo cuando sin violencia, nos sacudimos de un sistema político unipartidista. Que en los noventas, nuestro país signó un Tratado de Libre Comercio con los vecinos del norte del continente. Hasta allí, éramos la promesa de América Latina. Después, al cambio de párrafo explica el milagro brasileño.

Lo que el columnista “no dice” (y en todo caso no tiene por qué, ¿o sí?) es que durante aquellos años de esplendor quien gobernaba el país era Carlos Salinas de Gortari, que para los mexicanos significa, aún, un bocado que nos atraganta. Sí, éramos la esperanza y así lo creíamos o lo asumíamos, fue un espejismo, un cambio de cascabeles por pepitas de oro. Pero la realidad fue otra y nos quitamos el polvo (jamás la mugre) con un chiste bizarro: “¿Ya saben que a Carlos Salinas le van a dar el premio Nóbel de Médicina? -No, ¿por qué? -Ah, porque nos hizo parir a todos los mexicanos.”

El asunto de la transición democrática es aún más vergonzoso, porque es cierto, no hubo balazos pero a cambio elegimos a un Vicente Fox que provocó la añoranza de una dictadura disfrazada de disciplina política. Nuestro cambio en el año dos mil fue apenas una probada de democracia instantánea, pero dañina como todo lo que es de instante.

Cierro con fragmentos del último párrafo de la columna de Moisés Naím... cada lector decidirá el paisaje, total, se trata de nuestra montaña: “...el progreso de México ha sido secuestrado por sus carteles. Y no me refiero a los carteles de la droga. Me refiero a las empresas privadas, sindicatos, agrupaciones políticas, universidades, medios de comunicación y gremios profesionales que limitan la competencia...”

miércoles, octubre 21, 2009

Diputados: lo dicen los que saben o los que se suponen que entienden

Pintura: Miguel Ruibal

Cuentan que en la vieja ciudad de Tirana, en los tiempos de dominación del imperio Bizantino, había un hombre al que sus vecinos daban por sabio porque él, mejor que ningún otro, tenía la capacidad para dirimir las querellas que se daban en los asuntos más cotidianos del vecindario. Un hombre robaba una gallina, la desplumaba y cuando los retazos de la carne estaban en el guiso o en el puchero, el agraviado corría a reclamar lo que era suyo.

Kastriot se llamaba el hombre sabio. Cuando le venían con la canción de una gallina robada, Kastriot acudía a la lógica, esa región que de repente, decía él mismo, se escapa al sentido común. Primero averiguaba el número de gallinas de las dos partes, las comparaba, pedía las señas del animal perdido y buscaba restos del ave en la casa del agraviado. “¿Cómo puedes ofenderme así si yo he acudido para que seas testigo de que me han robado?” preguntaba con iracundia el vecino afectado.

Del hombre al que llamamos Kastriot no tenemos muchas referencias directas, unos cronistas dicen que era viejo y otros lo apuntan como un hombre joven. ¿Qué era joven o viejo allá por el año 900 d.C. cuando brillaba el esplendor de la corte de Constantinopla, desde nos llegan esos cuentos de la lejana Tirana? No lo sabemos, era un hombre agraciado y estimado, era bueno según quienes convivieron con él. Sigamos…

Delante de todos los que gustaran ser testigos, Kastriot trataba al quejoso como si fuera culpable; mandaba que se removiera hasta el último de los cacharros de su casa con tal de encontrar las evidencias de la gallina robada. “Las plumas y las tripas no se guisan, las tripas las comen los perros, pero hay partes de la gallina, como la hiel, que no es gustosa para nadie y que en algún lugar debiste esconderla.” Esto enfadaba al ofendido por el robo, “¿Cómo puedes buscar tan tranquilo en mi casa si sabes que no encontrarás nada?”

Kastriot tomaba consejo al vecino ladrón. “Te inculpan y la lay te permite defenderte, si fueras el ofendido y quisieras acusar a este hombre, ¿dónde esconderías la hiel y las plumas?” El cuento es largo, Kastriot, por las las acusaciones del vecino ladrón, “Bajo un montón de tierra fresca, seguro que allí enterró las plumas y la hiel”, comienza a deducir el sitio exacto y tras haber revuelto la casa del ofendido, acude a la casa del verdadero ladrón y sin desordenar encuentra la evidencia.

Quizá una de las significaciones del cuento clásico del folclore albanés es que los ladrones son lo suficientemente valientes para defenderse ante los sabios pero sobre todo, ante sus detractores. En nuestra lógica, que aventaja por siglos a la de esa vieja Albania, si Kastriot contó las gallinas de los contendientes y en la casa del inculpado olía a puchero fresco, el culpable era uno y más que obvio. Además, ¿no hace una gallina ruido y aleteo cuando se le degüella? Vamos más lejos, si el “ofendido” quería ofender, ¿por qué no evitó que Kastriot averiguara y fue al corral de su vecino y se las cobró igual? Esta narración, insisto, ¿es una metáfora de la impartición de ley?

Los cronistas del imperio Bizantino no se tardan en conjeturas, la novela como tal habría de surgir siglos más tarde y muy lejos de Constantinopla. Kastriot no se consigna en los anales como un hombre sabio, es apenas un entendido de pueblo. Pero si tuviera la oportunidad de revolver una casa para deducir, habría que mostrarle los argumentos…

El Congreso federal aprueba el incremento del Impuesto al Valor Agregado. Los nuevos y flamantes diputados “traicionan” al pueblo de México, el grueso de pueblo no entiende de traiciones sino de cargas impositivas, para él, el pueblo tiene el deber casi patriótico de soportar y los políticos se glosan en una frase de ferrocarrilero: “Unos hijos de la grandísima pucta.”

Las reacciones en el Congreso local fueron inmediatas, pongámosle a un imaginario Kastriot sólo dos muestras, ¿qué dijo y quién lo dijo?

Manuel Bernal, perredista: “Sigue siendo un aumento y estando el país como está, es lesivo para la economía, se sobreviene una oleada de crisis más aguda y problemas de delincuencia más fuertes, pues cuando se le gravan más impuestos al pueblo, crecen los problemas sociales.”

Hugo Vázquez Zárate, priísta: “Que se tenga que recurrir a impactar a la sociedad a través de estos impuestos, no creo que sea la mejor salida, sin embargo, es la reflexión que se tiene entre la mayoría de los diputados y es preferible a aumentar un nuevo impuesto, pero es sin duda el reflejo a una mala interpretación.”

Tito Delfín Cano, panista: “De algún lado el gobierno federal deberá sacar los 400 millones de pesos que necesita para abastecer hospitales de medicamentos y ayudar al sector más pobre de la población con apoyos sustanciales.”

Andrés Gómez Ojeda, coordinador distrital del partido del Trabajo en Córdoba: “Al igual que Felipe Calderón Hinojosa que prometió en campaña no aumentar impuestos y no afectar a las pequeñas y medianas empresas; hoy los diputados del PRI y del PAN, hacen lo mismo, han pisoteado su palabra a sus representados. Con una actitud entreguista, sin ninguna sensibilidad los diputados de estas dos fracciones hicieron valer su mayoría por encima de los intereses de millones de mexicanos.”

lunes, octubre 19, 2009

Jamás fue un vil encuerado, se trataba de un “Pensador” y mejor lo guardaron


Por noticias, más que rumores o chismes (que tarde o temprano deben comprobarse) en la ciudad capital de los veracruzanos nos enteremos que no sólo se robaban los cajeros automáticos, sino también las estatuas, los bustos, las placas conmemorativas y en resumen: bronce que se pudiera vender por kilo. Se roban una estatua y acaso una nota dominguera, colocan una nueva y es la rebambaramba.

Claro, las estatuas, siempre tienen una función muy concreta, que es recordar a un sujeto o hecho en particular y el más interesado de que eso suceda son los vivos. No hay que olvidarse tan pronto de lo inmediato, allí está de cuando un grupo de animosos pretendía poner la estatua de Rafael Guízar y Valencia a la mitad de las escalinatas de la catedral de Xalapa y ¿qué le dijeron los masones, encabezados por Arturo Jaramillo Palomino y los simpatizantes? Pues que no.

Y de pronto ya no sabían qué hacer con el muñeco o la estatua y como ya no estamos en los tiempos de agarrar las carabinas y salir a grito pelón con el: “Viva Cristo Rey” pues se llegó al acuerdo que el republicano y xalapeño de abolengo don Sebastián Lerdo de Tejada se quedaba solito y su bronce en la plaza Lerdo y que el obispo, la estatua de Guízar y Valencia, se podría rehubicar.

La cuestión está en que se están perdiendo las estatuas que adornar o afean las calles y glorietas de la ciudad capital de Veracruz. ¿Quién desearía el busto de un gobernador en el jardín de su casa? Puede ser que el senador Dante Delgado no vea con agrado un busto de Patricio Chirinos en el jardín de su casa, o cosas por el estilo. Pero si a decir barbaridades se puede, ¿quién no quisiera venderle a la fundidora que surte a Tamsa al menos las dos estatuas monumentales que adornan la explanada de los servicios administrativos del Instituto Mexicano del Seguro Social en las Lomas del Estadio?

Por angas o mangas, la Universidad Veracruzana ya se curó en salud y comenzará a cuidar su patrimonio “estatuario”, “estatuísticos” y el encuerado que estaba en las afueras de la otrora Biblioteca Central no era un fósil de los Cuatrocientos Pueblos sino la escultura “El pensador”, del artista japonés Kiyoshi Takashi, no sea que como tras esculturas, a esa le de por volar.

viernes, octubre 16, 2009

El país de los universitarios que acceden a empleos temporales con sueldos mínimos


La educación universitaria en México es un derecho a medias, porque no hay obligación constitucional del gobierno para que dote a su población de la misma. En ese sentido, en casi todas las ciudades medianas y grandes del país han surgido sistemas de enseñanza que compiten con la “universidad tradicional” y que antaño simbolizaba un esfuerzo de muchas familias para mandar a que sus hijos estudiaran en centros de las ciudades capitales.

Una educación universitaria en escuela pública suponía un pase de estatus social y la oportunidad de conseguir trabajos mejor remunerados. Pero en medida que creció la sociedad o mejor dicho, los demandantes de la educación universitaria gratuita y los centros de enseñanza superior estancaron su crecimiento, aumentó el déficit de espacios a los que no atendió el gobierno.

En tiempos de crisis mundial, en México el primer impacto lo recibe la educación superior. Pero antes que atisbar en las pérdidas de los tres ejes que suponen el apoyo de la cultura de una nación y que son: ciencia, tecnología y estética, hay que tomar en cuenta a los que ganan con el retiro del apoyo gubernamental a la universidad pública.

Los esfuerzos económicos de antaño para que un joven pudiera acceder a la educación superior en México quedaron soslayados en una proporción. Ya no había que invertir en la manutención del estudiante, el reto era soportar las colegiaturas de los grandes corporativos que supieron descentralizarse de la ciudad de México y se fueron asentando, a manera de “campus” en el territorio nacional.

Pero aún con eso, la educación universitaria “privada” era y es un límite para la mayoría de la población en México. Incluso, las mismas clases “pudientes” mostraron el espejismo que suponía invertir en una buena universidad porque a la postre era seguro encontrar un buen trabajo. En el primer trimestre de 2009 se produjo una baja considerable en la matrícula de las escuelas que no dependen del Estado, la crisis había tocado a los posibles centros de enseñanza que parecían inamovibles, el negocio no era tan redondo.

Una vez que los “campus” de las escuelas prestigiadas se asentaron en el territorio nacional hubo una muestra que dio con otras evidencias. Aunque de forma original los centros universitarios tenían planeado el traslado de una parte de su personal académico de la ciudad de México hacia las periferias, la realidad comenzó a contrastar. Los famosos traslados no eran de planta, se trataba apenas de viajes de trabajo que se traducían como “cursos” que formaban parte de diplomados. El grueso del personal académico era reclutado entre los profesionistas locales o regionales y en muchas ocasiones se echó mano de los profesores de las universidades estatales de carácter gratuito o subsidiado.

La intención no fue mala, se trataba de reclutar a lo más selecto de las regiones. Pero aquellos “campus” que más bien eran tentáculos económicos del Altiplano no ofrecieron las mismas condiciones de trabajo y salarios a los nuevos profesores. Las universidades de otrora prestigio lo conservaron en sus centros de fundación original, pero en sus denominados “centros,” “campus,” o “sedes” lo que se vendía, se vende, es un papel membretado. La enseñanza fue en detrimento en la medida que se verificaron las pérdidas salariales del profesorado de “lujo.”

La salida de los profesores con reconocimiento académico regional provocó un revés al negocio de la educación superior. Era casi la misma planta académica la que impartía cursos en la universidad pública local y la privada, a una y a la otra, según el nombre o las siglas, se las veía como de subsistencia (salarios y prestaciones seguras) y como de postín (privilegio de ser parte del profesorado de una institución privada que aseguraba una formación de calidad).

Ese sistema privado de limbo educativo se fracturó conforme el profesorado de presunta excelencia se dio cuenta que a pesar de sus esfuerzos por dictar una enseñanza de calidad, su trabajo no rendía frutos económicos; por una parte. Por la otra, la cada vez más complicada promoción académica en las universidades públicas abrió una puerta que permitió la proliferación de universidades privadas que ya ni siquiera anhelaban un reconocimiento o franquicia del Altiplano.

Bastó que se abrieran los candados a las secretarías de educación estatales. Cuando la propia Secretaría de Educación Pública se descentralizó y le dio manga ancha a los estados de la república para que a través de sus instituciones educativas fungieran como árbitros de la formación escolar de niveles superiores. Del propio Distrito Federal llovían los famosos RVOE “Registro de Validez Oficial de Estudios.” Con esas medidas se amplió la cobertura de educación superior en México pero no se dio un acceso al saber superior y a la cultura, a la crítica, reflexión, análisis e investigación.

Educación Pública brinda un dato apabullante. En México existen registradas 2 mil 314 instituciones de educación superior, de las cuales mil 508 son privadas. Un 65% de las instituciones son privadas. Puede sonar a campanadas de júbilo pero cuando se anota el siguiente dato la realidad es otra. Existe la Federación de Instituciones Mexicanas Particulares de Educación Superior que sólo cuenta con 109 afiliadas. Son unas mil 400 escuelas de educación superior las que no consignan que cumplen con los requisitos básicos para ofrecer una educación superior de calidad.

Desalentador panorama en el país de los licenciados.